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Carta a mi amada

Carta a mi amada

Anoche soñé contigo, fue un sueño muy lúcido, el sueño más lúcido que jamás haya tenido.

 

Bailábamos al aire libre en plena naturaleza y estábamos rodeados de cientos de parejas, también bailando. A pesar de tanta gente, nos rodeaba una atmosfera de intimidad, para mí solo existías tú y para ti, solo existía yo, todo lo demás era parte de la decoración del lugar, la gente, la música, la naturaleza.

 

El baile era un juego, nos juntábamos para tocarnos, para mirarnos de frente, para acariciarnos y enseguida nos separábamos y danzábamos en solitario, para juntarnos de nuevo y volver a entrelazarnos.

 

Las ropas fueron cayendo como por arte de magia, los demás seguían vestidos cada uno viviendo su historia.

 

Tú me seguías sonriendo jugando al escondite, girabas y me abrazabas, te movías insinuante y luego te separabas.

 

Yo a veces te encadenaba entre mis brazos ardientes, te apretaba, te estrujaba, te merendaba con la mirada y luego seguía tu juego y te soltaba y como los derviches giraba y giraba.

 

Nos olvidábamos del otro, para volver a encontrarnos.

 

De repente aparecimos en una playa, la playa más hermosa jamás vista, seguíamos bailando, ahora completamente solos, toda esa maravilla solo para nosotros.

 

Comenzamos a besarnos sin dejar las manos quietas, tropezamos y caímos y seguimos abrazados. A veces tú estabas arriba, a veces tú estabas abajo, girábamos y girábamos hasta que llegamos al agua.

 

Ya se había hecho de día, llevábamos toda la noche jugando. No sé cuando desapareció la música. Ahora por fin, nos quedamos quietos, unidos profundamente, sin palabras, sin caricias, sin miradas, sin besos.

 

Las pequeñas olas nos balanceaban, nos cantaban una canción de cuna y no sé si sucedió de repente o pasó muy poco a poco, pero fuimos perdiendo el sentido de nosotros mismos, yo sabía que tu sentías lo mismo, aunque nada hablábamos, tu cuerpo parecía el mío, todo se diluía, tú desaparecías y a la vez estabas conmigo. De repente me sentía agua, me sentía el océano, la playa, los rayos del sol, el aire, me sentía pájaro volando, pez nadando.

 

No sé cuánto duró ese instante, si fueron segundos o pasaron días, pero una ola nos trajo de nuevo al mundo, nos revolcó por la arena y nos devolvió nuestro cuerpo.

 

Tardamos en despegarnos, nos costó decir palabras, nos costó acariciarnos, nos costó mirarnos de frente y comenzar a besarnos.

 

Luego recuerdo que te despedía en una estación de tren, me dices adiós desde la ventana. Lo pienso y no sé tu nombre, ninguno dijo como se llamaba. Te marchas y no sé nada de ti. Pero es extraño quizás no volvamos a vernos y sin embargo hay dulzura en esa despedida, hay agradecimiento, hay algo que el solo recuerdo me hace sentirme pleno.

 

En la vida cotidiana, de vez en cuando alguien viene como la ola y me saca del sueño de la playa, me dice que baje al mundo, que deje de soñar despierto.

 

Al principio me encontraba perdido, a veces me preguntaba que era ese lugar y esas personas, que era lo que hacía yo en ese sitio y como había llegado.

 

Luego todo se fue poniendo en su lugar y ahora sigo soñando despierto con esa playa, con ese instante, lo sigo viviendo a pesar de que sigan apareciendo olas que choquen conmigo, ahora solo las miro y en mi sueños las llevo a esa playa, les muestro ese regalo que vivimos juntos, aunque en la apariencia todo sea diferente, yo solo sonrío, porque cada vez que eso pasa, me vuelvo a juntar contigo.

 

Tú no estás en una forma y estás en todas, te fuiste para decirme eso. Te encontré, nos encontramos y no te echo de menos, estás en mí y estás en todo, sigues jugando a esconderte y me encanta tu juego, me encanta descubrirte y comerte a besos.

 

Gracias mi amada desconocida, por no encadenarme de por vida, por regalarme el ser libre, por ofrecerme el regalo de caminar por el mundo sin ser de él, por desnudarme por completo y enseñarme el mejor juego de la vida.

 

Te llevo conmigo, gracias.

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Dos caminos.

dos caminos

Hace ya tanto tiempo, que el lugar en que sucedió esta historia perdió su nombre y ya no se le recuerda.

 

Erase un gobierno tirano, que oprimía a los más débiles y favorecía a los más grandes.

 

Hubo dos personajes insignificantes por aquél entonces, que son los protagonistas de esta historia.

 

Se llamaban Romualdo y Telesforo. Ellos no se conocían, de hecho vivían en distintas ciudades.

 

Los dos se vieron envueltos en conspiraciones y mentiras que los dejó en la calle, sin lo poco que tenían, sin amigos ni familia, sin un techo donde dormir, sin nada que llevarse a la boca.

 

Romualdo hizo un juramento, que aquellos que le habían hecho tanto daño, pagarían lo que le habían hecho, aquellos que le habían dado la espalda, vendrían a pedirle perdón y no solo recuperaría lo que tenía, si no que lo multiplicaría y así, todos le respetarían.

 

Telesforo, decidió, dejar atrás todo resentimiento, como ya nadie le creía decidió marchar a otro lugar y las piernas le llevaron a la ciudad de Romualdo. Pasó muchos días sin comer, durmiendo a la intemperie. Allí por donde pasaba, solo dejaba buenos recuerdos, ayuda desinteresada, consuelo. Nunca pedía nada, solo ofrecía su ayuda, para lo que se necesitase, sin pedir nada a cambio. No rechazaba lo que le ofrecían. Nunca se lamentó de su pasado o de las condiciones en que vivía, siempre estaba agradecido por el regalo de la vida incluso si le sorprendía la noche fría y nadie le abría su casa.

 

Largas fueron sus penurias, pero nunca desfalleció, muchas fueron las veces que pensó que ese sería su último día y siempre decía lo mismo: Si este es mi último día, ¿Qué es lo mejor que puedo dar de mí?

 

Sucedió una vez que estaba debajo un puente, hacía mucho frío y llevaba varios días sin comer, pensaba que cuando llegara la noche y el frío se intensificara, no lo podría soportar. Oyó a un pastor gritar: mi oveja, mi oveja. Miró al río y vio que la corriente arrastraba una oveja y que estaba a punto de ahogarse. Se olvido de la debilidad y del frío, se quitó la ropa y se lanzo al agua a por la oveja. Logró con mucho esfuerzo cogerla y arrastrarla hasta la orilla donde quedó extenuado.

 

Cuando tomó conciencia de nuevo, se encontraba en una pequeña casa al lado del fuego, con un plato caliente de comida esperándole. El pastor lo había llevado a su cabaña en el campo. El pastor era muy humilde, tenía muy pocas ovejas, pero se sintió tan agradecido, que le ofreció esa pequeña cabaña, para que no tuviera nunca más que dormir a la intemperie y compartía con él lo poco que tenía.

 

Allí, se acabaron las penurias de Telesforo, eso para él, era el paraíso, era un lugar hermoso, en medio de la naturaleza y con tanta paz que le ofrecía un descanso que hasta ahora nunca había tenido.

 

Empezó a venir gente a conocerlo, a aprender de sus sabias palabras, de sus sabios consejos y le traían regalos, cosas que él, siempre compartía con los que le rodeaban y con quién más necesitaba. En la ciudad todos le conocían y le apreciaban, era una referencia cuando peor se ponían las cosas.

 

Por otra parte, Romualdo decidió trabajar muy duro y tubo que coger los peores trabajos, los más duros, los peor pagados, vivía solo para el trabajo, para conseguir su sueño, encarcelar a quien le quitó todo y conseguir ser admirado y respetado.

 

Después de muchos años todos se habían olvidado de lo sucedido, ahora Romualdo tenía un gran negocio, el más grande de la ciudad, ahora tenía dinero y poder y tal y como había jurado, lo empleó en llevar a la cárcel a quienes le habían arrebatado todo.

 

Buscó pruebas y denunció a quienes le habían dejado sin nada, se atrevió a poner en entredicho a gente muy importante y recibió muchas amenazas, tuvo que protegerse, vivir encerrado, siempre con miedo, amenazado de muerte, pero cuanto peor se ponían las cosas, más fuerzas sacaba él, para combatirlo.

 

Al final de una dura batalla, después de estar a punto de perderlo todo de nuevo, logró la victoria que esperaba, metió en la cárcel a quienes le arrebataron todo y pudo pasear con la cabeza bien alta ante quienes le negaron.

 

Pero ahora se sentía viejo y cansado, había cumplido su sueño y la batalla había sido tan dura, que se veía sin fuerzas para nada nuevo, la enfermedad le iba ganando la batalla.

 

Los mejores doctores, le decían que su vida se estaba apagando, que no había remedio. Su asistente, le insistió, que fuese a ver a Telesforo y fue tan persistente, que cedió más por no volver a oírselo pedir, que por pensar que eso fuese a ayudarle.

 

Sin perder tiempo, al día siguiente, el asistente tenía preparado el carruaje y partieron a las afueras del pueblo a medio camino de la montaña. Llegaron a una cabaña pequeña con unas vistas hermosas del valle y de la montaña, allí sentado en la puerta, estaba Telesforo, que les dio la bienvenida e invitó a Romualdo a caminar un corto trecho hasta la sombra de un nogal donde había unos asientos contemplando todo el valle.

 

Y bien, dijo Telesforo, cuéntame cómo te va la vida.

 

Los médicos me dicen que mi vida se acaba, me encuentro sin fuerzas, sin ánimos, sin ilusiones, ya no me queda nada más que hacer, que esperar a la muerte.

 

¿Porqué dices que no te queda nada por hacer?

 

Porqué cumplí my sueño, metí en la cárcel a quienes me lo arrebataron todo y conseguí ser mucho más rico de lo que nunca fui, ahora ya nada tiene sentido.

 

Entonces Romualdo, le contó su historia, como le dejaron sin nada, como perdió la familia y los amigos, como comenzó desde cero, como logró tener el negocio más grande de la ciudad y como logró meter a los culpables en la cárcel y recuperar su honor.

 

No lo entiendo, ¿Porqué si has conseguido tu sueño, si ahora eres rico, te respetan, porqué no disfrutas de la vida?

 

Ha sido todo tan duro, durante años no he hecho más que trabajar y trabajar, no había espacio para el ocio y la diversión y luego cuando tuve lo suficiente para poder enfrentarme a quienes me robaron todo, entonces lo aposté todo para demostrar su culpabilidad y está, fue una batalla todavía más dura que la anterior, así que cuando por fin acabó, me quedé exhausto, sin fuerzas, sin energía.

 

Si pudieses volver atrás, al momento en que te lo arrebatan todo, ¿volverías a repetir otra vez la misma historia?

 

No tengo ni idea de lo que haría, pero no lo repetiría, no puedo entender de donde he sacado las fuerzas necesarias para llevar a cabo semejante hazaña, estaba convencido que eso era lo que tenía que hacer.

 

¿Qué era lo que te motivaba a seguir adelante?

 

Las ganas de ver a todos los implicados en prisión y ver a todos aquellos que me habían juzgado como se avergonzaban de haberse equivocado.

 

Pocos hombres son capaces de generar tanta energía. Eso es una gran cualidad, en eso no hay ningún problema. El problema es lo que alimenta el fuego que es el que produce la energía, en tú caso ha sido la venganza, la ira, la rabia, el rencor, el deseo de que te reconozcan y se humillen ante ti.

 

Toda esa “leña”, te da mucha energía, pero a la vez te vuelve ciego, eres incapaz de ver el daño que a ti mismo te estás haciendo y mientras tienes esa leña eres inconsciente de la realidad y cuando te falta, te sientes vacio.

 

Dime, ¿cuántos años tienes?

 

Cincuenta y siete.

 

Voy a contarte una historia, que nadie de por aquí sabe. Aunque no lo parezca tenemos los mismos años, tú estás envejecido, podrías parecer mi padre.

 

Los mismos que a ti te lo arrebataron todo, también lo hicieron conmigo, también yo lo perdí todo, posesiones, familia, amigos. Salí de mi tierra pues allí, ya nadie creía en mí. Estuve varias veces pensando que ese era mi último día, que mis fuerzas no darían para más, pero siempre sucedía algo que hacía que continuara.

 

Mi “leña”, era agradecimiento, paz, confianza, estar siempre dispuesto a ayudar, eso es lo que me daba la energía para continuar, a pesar de que mi horizonte era inexistente.

 

También llegué al agotamiento, a la debilidad, a la extenuación, pero a diferencia de ti, en el fondo de mí, había paz, la lucha había desaparecido, todos aquellos que me habían robado o decepcionado estaban perdonados y no volvían a mi mente a confrontarme de nuevo, caminaba solo pero no llevaba carga.

 

La última vez que pensé que había llegado mi hora, débil y muerto de frío, me lancé a un río para sacar una oveja del agua y cuando desperté, estaba en esta casa al lado del fuego, con un plato de sopa esperándome. Ese pastor agradecido compartió conmigo todo lo que tenía y me lo regaló, antes de partir al otro mundo. Esa fue mi última penuria, desde entonces vivo en el paraíso, nunca me falta lo que necesito, sea papel o pluma, un trozo de pan o un trago de agua.

 

Los dos tuvimos las mismas experiencias y cada uno tomó un camino. Nadie se equivocó, lo que hiciste hecho está, ahora puedes elegir de nuevo, nunca es tarde para ello.

 

Los médicos pueden decir lo que quieran sobre tu salud, toda esa fortaleza que has demostrado en tu peregrinaje, sigue estando contigo. No tienes energía, necesitas una nueva “leña”, si no los médicos acertaran sus pronósticos.

 

La leña que yo utilizo para calentarme, es alegría, confianza, paz, el perdón, el amor. Esa leña abre tu visión y con ella, ya nada te falta. Por aquí, este lugar está lleno de ella, puedes coger toda la que necesites, nunca se acaba.

 

Te invito a que pases unos días conmigo, todos los que necesites, sin prisa. Aquí es muy fácil desconectarse del mundo del que vienes y entonces recuperaras ese ser que has olvidado, ese joven fuerte y alegre.

 

Acepto tu propuesta, si vuelvo a mi casa veo muy probable que de ella ya nunca salga. Ahora, necesito descansar.

 

Romualdo al principio, poco a poco fue recuperando las energías, luego rápidamente no solo se recuperó totalmente, sino que además se sentía más joven. Bajaba al rio a bañarse, subía la montaña a contemplar y también se quedaba muchas veces en silencio contemplando el valle.

 

Cuando ya llevaba un año y un mes, Telesforo le dejó sus posesiones y partió de este mundo.

 

El continuó su labor y recibía visitas de personas de muy distintos lugares que buscaban sus palabras y su compañía, hasta su último día, en que dejo sus posesiones a quién entonces le acompañaba.

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